Entre templos y el gente, olas de gente

Hola!

Este fin de semana que pasó estuvo bastante ajetreado y divertido dado a que se celebró el Sanja Matsuri, un festival típico en Asakusa donde los japoneses muestran que también tienen un lado alegre donde se suletan el pelo y echan relajo. El festival duró tres días y Susanne, Domenico y yo nos lanzamos con singular alegría. Además también tuve oportunidad de visitar el Meiji-Jingú, el templo quizá más admirado en Tokio y los vecindarios coloridos de Harajuku y Shibuya. Como hay demasiadas cosas que contar, me reservo el recuento del Sanja Matsuri para el siguiente post (aunque Susanne ya escribió sobre el evento en Chipango), y por lo pronto les voy a narrar mis impresiones acerca del Meiji-Jingú y el oeste de Tokio.

Torii gigante a la entrada del Meiji-Jingú

El Meiji-Jingú (Jingú = templo shinto) es un templo shinto que originalmente fue eregido en memoria del emperador Meiji y su esposa, la emperatriz Shoken, responsables de conectar a Japón con el resto del mundo. Su construcción se finalizó en 1920 pero como muchas cosas en Japón, fue totalmente destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Dada su pérdida, el pueblo japonés se dedicó a reconstruirlo de manera fidedigna, utilizándose cipreses japoneses para el templo y sembrándose más de 120,000 árboles en sus jardínes (que fueron donados por personas de todo Japón). Dicha reconstrucción se terminó en 1958, y desde entonces se ha convertido en uno de los puntos turísticos más populares de Tokio.

Entrada al Meiji-Jingú (Minami-sandó)

Yo llegué temprano, alrededor de las 9. El día estaba nubleado y el servicio metereológico predecía lluvia. El cielo estaba gris pero el ambiente en la estación de Harajuku era de lo más alegre. Muchísimos adolescentes vestidos en las formas más ocurrentes poblaban las calles y el sólo quedarse parado era un espectáculo. Estuve sentada en el puente un rato, pero después me encaminé hacia la entrada del Meiji-Jingú, que está marcada por un torii Shinto gigantesco hecho de madera:


Y mi foto salió quemada...y me cortaron los pies :(

Pasando la entrada, uno camina por Minami-sandó que está rodeada de árboles gigantescos de forma que uno parece estar adentro de un bosque. Muchos hordas de turistas se veían venir y otros tantos japoneses, vestidos en Yukatas y personas más grandes que vienen a hacer sus peticiones a los dioses. Después de una breve caminata uno llega al corazón del parque donde se levanta el templo. La zona es muy amplia y a la izquierda uno encuentra de inmediato la choyuza para purificarse y a la derecha la venta de reliquias y amuletos. Al entrar a la plaza principal ví que se estaba celebrando una boda y me puse a observar a la comitiva. Por lo que después me enteré, los sábados se celebran muchas bodas y en el tiempo que estuve ví pasar a otras dos parejas. 


Afuera del santuario central

Novios Japoneses en ceremonia Shinto

Una fracción del montonal de peticiones

El templo en sí no me pareció tan impresionante. Todo está hecho en madera y sí, las proporciones son gigantescas pero fuera de esto, la ornamentación es bastante sencilla y lo que me acabó gustando más fue el parque donde se encontraba y los árboles que se levantaban. 

Después de estar un rato observando la boda me regresé y me encaminé hacia Meiji-dóri que baja desde Harajuku hasta Shibuya. Por lo que había leído, Harajuku y Aoyama son las zonas donde todos los jóvenes vienen a comprar y a pasarse el rato caminando por las calles, vestidos en tendencias sólo aptas para menores de 20 años: cabellos rosa neón, medias coloridas, accesorios que estarán disponibles en el resto del mundo en 1 año, etc. Además está lleno de cafés y boutiques (una pena que andaba cortísima de efectivo...y ningún cajero a la vista). La caminata estuvo bastante agradable y el entrenimiento estuvo en ver a la gente pasar, y concluí que este es el sitio donde los adolescentes japoneses pasan las horas experimentando con su imagen.


Los típicos jóvenes japoneses de Harajuku

Shibuya

Al final de Meiji-dóri y cruzando hacia la siguiente cuadra me topé no sólo con un sinúmero de edificios con señales multicolor, muy al estilo de Times Square o Piccadilly Circus, sino con el cruce de calles más intimidante con el que me haya topado en mi vida. El cruce de Shibuya es famoso en el mundo y el estar parado en una de las banquetas de las cuatro calles que se intersectan es una de las sensaciones más aterradoras y excitantes que pueden encontrarse en Tokio. Cientos de personas esperán el verde del semáforo y cruzan en olas, estampándose cual tormenta (De hecho, en un costado hay un Starbucks gigante que tiene un mirador hacia el cruce). Lo curioso es que llegué al cruce casi por casualidad, puesto que estaba buscando la entrada a la estación de metro de Shibuya pero en la línea Ginza, y por más que la buscaba no la encontraba entre tanto gentío.


El mar de gente en el cruce de Shibuya

En lo que me sentaba a admirar a la gente en la plaza que se encuentra a un costado, descubrí una estatua dedicada a un perro (Hachikó) del que luego me enteré perteneció a un profesor que vivía en Shibuya a principios del siglo 20. Resulta que su perro iba a encontrarlo todos los días a la salida de la estación de Shibuya, y aún después de que el profesor murió en 1925, el perro siguó yendo a la estación hasta su propia muerte. La lealtad del perro fue entonces premiada por los japoneses quienes erigieron una estatua en su honor.

La estatua de Hachikó en Shibuya

Después de cuidadosas consideraciones, logré encontrar la entrada a la línea Ginza y logré salir de Shibuya, no sin antes divisar un Citibank, poseedor de un extraño objeto: un cajero automático que acepta tarjetas internacionales. El paseo por el oeste de Tokio terminó y me dirigí al polo opuesto/ antítesis de Shibuya en todos los sentidos: el más tradicional vecindario de Asakusa.

Cuídense!
xx

Linda

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